2020.04.19 Texto

El teatro ha muerto

Los mismos artistas que se jactan del carácter irracional, pasional, dionisíaco del teatro; los ridículos adalides del «aquí y del ahora»; los caballeros andantes de la entraña y de la víscera; los detractores acérrimos de la lógica y lo apolíneo, ahora no hacen más que invitar a reflexionar, a reinventar, a pensar y repensar.

Escribo esto desde el hastío, el desengaño, el odio, el asco y la desesperación. No es posible sacar nada bueno de esto. Nada. El hecho de que futuros espectáculos puedan partir de algún concepto derivado de la situación actual o incluso se integre de manera sólida en los mismos, no es más que una absurda manera de tratar de desviar el foco de atención de la verdadera catástrofe; otra forma ridícula e irreal de sacudirse la desgracia de los hombros; otra lamentable vía de llegar a su «satisfacción de rebaño».

Se necesita el encuentro físico con el otro para completar el círculo. Desde el origen del teatro, el sufrimiento del individuo se pierde en el colectivo y encuentra la experiencia en el grupo: una experiencia de éxtasis grupal brutal. A través de esta experiencia, el sufrimiento (común al ser humano) se transforma en una afirmación de la vida, esta vida, el «aquí y el ahora».

No hay teatro sin encuentro. No hay teatro con ausencia. No hay teatro sin presencia. Todas las manifestaciones escénicas necesitan del espectador: desde el espectáculo más convencional, al happening más improvisado. Abandonemos la idea de que podemos paliar este desastre, que evitaremos la catástrofe desde el replanteamiento de nuevas formas, la adaptación y la reformulación. Es mejor morir que adaptarse siempre.

Es así como debemos afrontar esta debacle: planteándonos quién queremos ser y cómo queremos conseguirlo, afrontando el sufrimiento en toda su magnitud y abrazando el dolor de la caída en toda su intensidad.

Cuando todo esto acabe, la desgracia inundará los hogares del hombre y echará por tierra sus esperanzas inútiles y sus pasatiempos vacíos.

Los miembros descompuestos y putrefactos salvables, los restos hediondos y descarnados del teatro serán rapiñados por la ya conocida pavada de buitres que se encargaban de exprimirlo. Y el sufrimiento, la desgracia y la desolación se subirán a la espalda de los que tratamos de hacernos con un solo pedazo de carne, mientras los otros nos observan desde arriba con una mezcla de autocomplaciente compasión y falso entendimiento.

Así que basta de evasivas, de juegos de niños y de distracciones vacías. Afrontemos como hombres dignos la catástrofe que nos sobreviene, dejemos de inventar esperanzas idiotas, seamos conscientes de que somos condenados a muerte dando sus últimos pasos antes de sentarse.
La realidad no es buena, la realidad no es bonita, la realidad no es justa. El mundo es de color negro y ha sido pintado por aquél que ahora se afana en verlo rosa. El último hombre con su blanda tibieza, su optimismo pueril y su mediocridad aplastante debe sucumbir en pro de las grandes ideas que devolverán al hombre a su antigua grandeza.